
España, que de títulos nobiliarios sabe bastante, la erigió esta semana como ‘la Princesa de la concordia’. La escogió a ella porque representa el dolor y el recuerdo de aquellos que no volverán y que murieron secuestrados. Y a la esperanza de quienes siguen caminando sin destino por la selva colombiana, encadenados por terroristas que decidieron sobre su libertad.
La escogieron a ella porque como dijo su postulante, el ex presidente Belisario Betancur, desde el mismo momento de su secuestro “se convirtió en un símbolo de lucha, de fortaleza y de esperanza”. Indudablemente su nombre sonó en todos los rincones del mundo y su figura escuálida y castigada por los rigores del secuestro alarmó a todo el planeta sobre esta forma de barbarie que practican las Farc y todos los secuestradores que operan en Colombia.
Ahora en libertad se ha convertido en testigo directo de los foros mundiales sobre la paz, de aquello que significan las humillaciones de estos raponeros de la libertad; o la debilidad humana que “a veces le dice a uno que no puede más y que se entregue a la muerte”; o de la ternura que suscita un niño que nace en cautiverio; o de concesiones que se deben hacer para lograr una medicina que apague el dolor aun cuando sea por un rato; en fin, de ese infierno que significan los campos de concentración en la selva colombiana.
Por eso, cuando fue avisada del galardón Príncipe de Asturias de la Concordia, por la misma voz radial de su amiga Alexandra Pineda, la periodista colombiana de Radio Francia que la despertaba en la selva, Íngrid volvió “por unos instantes al toldillo, a la hamaca”. Y se acordó “del chonto y de las cadenas”. Y, luego de las primeras lágrimas mezcladas con el almíbar del honor y la hiel del recuerdo de los que quedan allá, se prometió: “Que esto sea mi hoja de ruta y que Dios me dé sabiduría para guiar este reconocimiento hacia la libertad de todos”.
Es la tarea que todos esperamos, que Íngrid ha prometido y que ojalá estos galardones le permitan llevar a cabo para que el mundo no olvide a los que quedan en la selva. Para que el Gobierno y las Farc hagan un intento serio y con acompañamiento internacional para aquello de la confianza mutua, que nos permita enderezar esta carga que no aguanta más, hacia un acuerdo humanitario o un canje de rehenes o como quieran llamar al acto que termine con el secuestro en Colombia.
El presidente Uribe dijo: “Íngrid es un referente mundial de la lucha por la libertad”. Entonces, luchemos por alcanzarla entre todos, dialogando sin condiciones y rápido. ¿O será que no lo merecen las familias y los secuestrados que cumplen más de diez años entre alambres de púas, barro, hambre y vejámenes de los brutos guardianes y sus jefes?
En cuanto a las Farc, ‘Alfonso Cano’ debería pensar más objetivamente en el mensaje de este premio con el que la comunidad internacional les dice de nuevo que la brutalidad humana no puede continuar, y que cada muerto en cautiverio es otro eslabón que agregan a su cadena de delitos ante los tribunales nacionales e internacionales.
Íngrid dijo que al volver encontró “un mundo lleno de miedos”. Pues bien, olvidemos el miedo y tratemos de llegar a la concordia: y no perdamos la memoria, porque caemos en la indolencia, la antesala de la desgracia que ojalá nunca se repita.
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